miércoles, 25 de agosto de 2010

Borracho, borrachito….


Me cargan los gallos curaos. A ver, creo que veo a varias alzando la mano. En serio, me apestan los tipos que no saben moderarse en el carrete.

Y ojo, que me encanta tomarme mis tragos y he tenido grandes y memorables borracheras, sola y acompañada, pero siempre en un contexto divertido, en un evento social con gente de confianza, o en mi cumpleaños o cayendo en una profunda tristeza. Sola, pero digna.

Entonces, creo que debo rectificar. Me cargan los gallos curaos y desubicados, los que llegan haciendo escándalos, los que mienten, los que se hacen los chistocitos y no tienen nada de chistosos, los que jotean y te marean con el tufo, los que hacen cosas que nunca harían sobrios, los que hacen cosas y después no las recuerdan.

Continúo. Me cargan los gallos curaos, desubicados y pendejos. Porque uno puede emborracharse así mal a los 15 años, hasta los 20 y algo, pero pasados los 30, ya no es chistoso, es triste. Y para qué les digo lo que parece un cuarentón ebrio, ¡sin comentarios!

Sigo. Me cargan los hombres que aún no están destetados, los que en vez de buscar a una mujer, buscan a una segunda mamá, una que les limpia sus embarradas, una que les hace tecito, una que no duerme porque el “niño” salió de parranda y no se sabe cómo volverá y en casos más dramáticos, si es que volverá.

Y vaya que me carga, entender y saber que esto es culpa de las madres de estos pasteles, o sea, de nosotras, las mujeres. Porque, si no hubiesen mamás que toleran estas estupideces, si no hubiesen novias, pololas, esposas o amantes que consideran que es algo normal andar limpiando vomito del niño o que él salga y no pueda controlarse poseído por el club de Toby, estoy segura que este sería un mundo más feliz.

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