viernes, 25 de mayo de 2012

Cumplir 32

En unos días esa será mi edad. Es curioso que cuando era chica, me imaginaba que a  los 32 poco menos que iba estar convertida en una señora, con algunos hijos y una vida armada. Y, para ser honesta, hoy doy gracias a Dios, de que las cosas no fueron como me la pintaba mi imaginación infantil. Para ser sincera, creo que mi vida es mucho mejor de lo que yo podría haber vaticinado.

Y no es porque no tenga problemas, complejos, dudas existenciales, miedos, aprensiones, cansancio mental … yo tengo todo eso y más, pero mi vida de hoy es tal cual yo quiero que sea, incluso con sus complejidades.

Trabajo en aquello que me gusta y si bien, hay momentos de estrés y de crisis, al final del día, lo paso bien. Hacer entrevistas es en verdad una de las cosas que más me gusta hacer profesionalmente. Cuando estoy en una, toda mi atención  está puesta en esa persona, y se me olvida el cansancio, frío, hambre, sueño o lo que tenga en ese minuto. Creo que nada más en este mundo logra ese efecto en mí.

Siento que sigo aprendiendo todos los días cosas distintas y no sólo de trabajo, sino que de la vida misma, cosas pequeñas, cosas grandes, cosas que marcan, cosas que hay que dejar pasar. Si bien soy de esas personas a las que les cuesta abrirse con el resto, confiar en  el resto y que es más bien reacia al  género humano, tengo la sensación que en el último tiempo, he ido comprendiendo que hay gente que vale la pena conocer  y que también uno está en este mundo para crear lazos. Quizás algunos no sean para siempre, pero eso no es lo importante.

En el último tiempo me he ido permitiendo encariñarme con las personas, incluso con aquellas que pienso que están sólo de paso. No importa. Cuando ya no estén, las extrañaré, pero por lo menos tendré los recuerdos.

Con los años he ido aprendiendo a perdonar también, a perdonarme a mi misma. Y a entender que nadie es perfecto. Que nos mandamos cagadas (unos más que otros, claro), pero que son estos errores los que nos ayudan a veces a crecer, que incluso los dolores grandes a veces son necesarios en la vida, nos sacuden,  nos despiertan, nos hacen ver la vida como la belleza cruda que es.

Siento que a mis casi 32 años, soy una mujer imperfecta, llena de defectos, que comete errores – algunos más de una vez como los burros – pero que siempre intenta ser mejor. Mejor persona, mejor profesional, mejor compañera, mejor hermana, mejor hija, mejor mamá canina, mejor pareja. Mejor.

Sigo sintiendo que la década de los 30 es una tremenda edad. No hay que tenerle miedo a los 30, todo lo contrario, tengo la sensación que lo mejor de la vida parte a esta edad y los 20 y tanto, los tendemos a desperdiciar en puras tonteras. Pero bueno, así es el ciclo de la vida y por algo será así también.

A mis 31 y medio años veo el amor de  manera muy distinta  a como lo veía incluso hace un año atrás. Y no es que lo haya visto rosa antes, es sólo que una va aprendiendo cosas. Aprendí que eso de que el amor todo lo puede es un cliché de los peores, de que el amor obvio que es importante, lo mismo que el buen sexo, pero que ambas cosas por si solas no sustentan una relación.

Que el amor es un trabajo diario y en conjunto. Y cuando digo “trabajo” no me refiero a una cosa latera, sino que a algo que uno quiere, pero que no crece  ni se mantiene por sí solo o por arte de magia. Que hay que dar, que hay que ceder, que hay que negociar, que hay a veces poner al otro por sobre el querer de uno y que hay momentos cuando es al revés. La gracia está en saber cuándo es cada cosa.

 Hace un tiempo una famosa en una entrevista me comentó que para ella, lo fundamental era que su pareja fuera un buen hombre, una buena persona, porque sabiendo eso,  cualquier problema o pelea, se maneja y se percibe de manera muy distinta si es que se tiene conciencia de esto. Es decir, que no es con mala intención.

Y le encontré tanta razón. Hoy estoy con un hombre bueno. Pero lo lindo de todo esto es que N, a diferencia de mis otras parejas, no es la razón de que yo sienta todo lo descrito anterior, sino que él es la consecuencia de todo ello. Este proceso vino antes de él, y fue lo que justamente permitió que él de pronto llegara a mi vida de otra forma.




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